Ágata, la mafiosa de atrapantes ojos color esmeralda – Por Ricardo Marconi

Resumen Sesión 17/12/20

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📜 El Rompecabezas de la muerte en Rosario – Por Ricardo Marconi

Ágata, la mafiosa de atrapantes ojos color esmeralda

 

Ágata Galiffi, hija de Rosa Alfano y Juan Galiffi, -más conocido como “Don Chicho Grande”-, era una mujer de singular belleza y, además, famosa porque deslumbraba con sus atrapantes ojos esmeralda y su gran inteligencia.

Su progenitor no dudó en posibilitarle a Ágata, en el tiempo, una esmerada educación, hasta que llegó a convertirse en una joven de cabello negro con tonalidades rojizas y pómulos salientes. “Sus ojos producen un efecto singular, ya que parecen estar en constante acecho, lo que para ella resulta ser un arma poderosa [1]”.

“Es irónica. Cuando le hablan siempre responde señalando: Usted se halla ante una mujer infernal”[2]

Manejó la mafia en la Argentina –al punto tal que fue conocida como “La flor de la mafia” y como “La pantera”, luego de que deportaran al padre a Italia, en abril de 1933.

De su padre, le quedaron la zapatería, un mueble chino, un zafiro, dos brillantes y un pequeño terreno en Cañete, junto a un reloj detenido –paradójicamente-, a la hora de su muerte…y su tumba, en el cementerio de San Juan donde se revela su nombre.

Salvando las distancias, aunque parezca una exageración, para algunos historiadores y policías que la atraparon, Ágata llegó a ser más importante en la Chicago Argentina que el mismísimo Alphonse Capone en Estados Unidos.

 

Nacida en el núcleo del crimen

Hija única, nació entre ajustes de cuentas, extorsiones, prostitución y corrupción policial.

Ágata se hizo presente, junto a su madre Rosa, en la última cena del rival de Galiffi, Francisco Marrone, alias “Chicho Chico”.

El comentario fue generalizado en el mundillo mafioso: “le prepararon el servicio y horas más tarde, mandaron a que se deshagan del cuerpo”.

De esta forma, ya a los 21 años, Ágata comenzaba su carrera mafiosa, según surge de la opinión de investigadores rosarinos.

Ágata “La Pantera”, se casó con un allegado del enemigo: El abogado Rolando Gaspar Lucchini, quien llevaba los asuntos legales de los Galiffi, y que también era cuñado de Marrone.

La relación fue conflictiva, principalmente por la diferencia de edad entre los dos. La mafiosa, finalmente, se fugaría con su amante, Arturo Pláceres. Este último, era un típico delincuente de guante blanco, muy conocido en el foro rosarino.

Con el exilio de su padre, -quien fue obligado por la justicia a volver a Italia-, la Galiffi tomó sus cuentas y negocios, para sumergirse de lleno en la Cossa Nostra.

Según los testimonios de quienes perseguían delincuentes en Rosario, “en nuestra ciudad no proliferó la mafia, porque ya estaba enquistada en las fuerzas policiales y políticas”.

Ágata comenzó a ser investigada de lleno el 29 de diciembre de 1938, cuando su amante Pláceres y Cayetano Morano se tirotearon con autoridades policiales al ser sorprendidos en un bar cercano a la aduana.

Como consecuencia del procedimiento policial, se inició un tiroteo en el que perdieron la vida dos empleados de Investigaciones: Juan Espíndola y Marcos Cordero, así como el propio Morano, quien sufrió varios días de agonía.

 

El mapa revelador

Las indagaciones policiales permitieron apresar a un cómplice de Galiffi: el ex comisario Juan Ferrarosa, en cuya vivienda particular fue hallado y secuestrado un mapa de la ciudad de San Miguel de Tucumán.

El mapa en cuestión tenía anotaciones que convergían en el edificio de una entidad crediticia tucumana.

Teresa Cacciatore, -quien alojaba a Ágata-, también fue detenida tras confesar detalles de un plan que permitiría ingresar al banco a través de la construcción de un túnel subterráneo.

Hay que dejar claro que la banda de Ágata cobraba protección en el puerto, así como a los dueños de cabarets y a comerciantes para no ser víctimas de ladrones y rateros. Todos sabían quién era la jefa de la gavilla, la que dejó de ser “la hija de”. Ya tenía Ágata fama propia y hasta era conocida vulgarmente por su apodo: “La pantera”, que hacía referencia a su ferocidad.

 

El túnel

Entre sus actos delictivos, se destacó la construcción de un túnel de 94 metros de longitud, que daba a la caja de caudales del Banco de la Provincia de Tucumán, desde donde se pretendía “cambiar” billetes verdaderos depositados por falsos.

Cuando fue atrapado, el 22 de mayo de 1939, Agustín Fernández, un químico, oriundo de Buenos Aires, de contextura mediana, tenía en su poder 388 billetes falsos de mil pesos y otros 64 de cien, también apócrifos.

Declaró ante la policía de Tucumán que los había recibido de Arturo Pláceres y de Ágata, en Rosario, e involucró como cómplices a la propia Ágata, Rolando Lucchini, Antonio Di Santo y José María Álvarez, un amigo que lo había relacionado con el grupo.

Fernández también identificó a una mujer, Margarita Iturbide, que asistía a Ágata en la clandestinidad, y aportó una dirección en Rosario donde había visto a los prófugos.

La “novedad” fue comunicada de inmediato a la policía de nuestra ciudad, que en la mañana del 23 de mayo de 1939 detuvo a la hija de Juan Galiffi y a Pláceres en la casa donde se ocultaban.

 

La detención                                                                                   

Ágata fue apresada junto a su amante. La vivienda pertenecía a Tomas Clarke, un obrero ferroviario que les había dado asilo temporario.

En momentos en que ingresó la policía, Pláceres se afeitaba frente al espejo del baño. Ágata se interpuso entre él y los policías.

“No lo maten –dijo, tal vez al tanto de los procedimientos criminales de la policía local–, estamos desarmados”.

Ágata, vale recalcarlo, tenía una participación secundaria en los delitos que se investigaban, pero concentró la atención pública. Otra versión de la escena de la captura, publicada en la prensa, da cuenta de ese protagonismo:

–¿Cómo? –habría preguntado la policía a Pláceres, con asombro– ¿Te entregás sin resistir?.

“El delincuente –según el corresponsal del diario Crítica-, tuvo actitudes y declaraciones que no tenían nada que ver con lo que se esperaba de un mafioso”. Sobre Ágata puntualizó: “Es una mujer joven y de rara belleza”.

Ya en dependencias de la policía, cuando fue identificada, Ágata se puso a llorar y algunas autoridades advirtieron que podría tratarse de una simulación para demorar o impedir el procedimiento, e incluso amenazó con una huelga de hambre y abofeteó a un policía que se había limitado a tomarla del brazo.

 

Seguidora de cuentos románticos

Horas más tarde, ya en la celda, como le negaron la lectura de los diarios pidió a los gritos que le dieran revistas. Según recalcó el diario La Capital: “Le interesan particularmente los cuentos de tono romántico y aventurero y las páginas que tratan de modas femeninas”.

Las conjeturas fueron tomadas por la prensa, que la imaginaba como la líder de una peligrosa banda y difundía versiones policiales alejadas de la realidad, al punto tal que hasta la pusieron en el papel de “capitana” de una gavilla dedicada al contrabando de seda en el río Paraná.

La relación con Pláceres agregó el motivo de la pareja criminal como dramatis personae. Si Galiffi era reconocido como la versión local de Al Capone –y de hecho fue erigido en “enemigo público número uno”, al igual que el mafioso de Chicago en EEUU–, Ágata y su amante actualizaban el modelo de Bonnie Parker y Clyde Barrow.

Había algo escandaloso e insólito en su historia: era una mujer de un tipo que no se había visto antes, razonaba el periodismo, porque, habitualmente “la mujer del hampa es cómplice del marido, del compañero o del amigo accidental. Se somete a él, es su esclava más que su compañera”, y Ágata no solo parecía estar al mando, sino que reivindicaba a sus compañeros.

Sin embargo, no era tan libre como parecía. El matrimonio con Lucchini no había sido más que una formalidad para proteger los intereses de Juan Galiffi, en rigor un pacto entre dos hombres de negocios, sellado por el intercambio del cuerpo de una mujer.

Pero en la consideración social ella era una mujer casada, y por tal circunstancia, no se llevaba a un límite la idea de la aventura amorosa, en todo sentido fuera de la ley.

 

Interrogatorios y una entrevista 

Después de 2 meses de crueles interrogatorios, y ante la falta de una cárcel para mujeres en Tucumán, fue enviada a un hospital de alineadas en Rosario, donde convivió con los aullidos y actos de locura de las enfermas mentales.

La celda del hospital de San Miguel de Tucumán tenía 1,80 metros de largo por 1,20 metros de ancho.

“Me fabricaron una jaula” les dijo a los periodistas de una revista porteña, en 1972 cuando la entrevistaron en Caucete.

“Sólo podía hablar con las monjas, llorar y rezar. El único baño lo compartía con las internas enfermas y cada vez que iba al baño tenía que ponerme una túnica y zapatos de madera”, relató.

 

Libertad condicional

El 16 de junio de 1948 salió en libertad condicional por buena conducta, lo que se le ocultó a la opinión pública.

En el 49 fue liberado Luchini, quien le inició una demanda de divorcio, mientras que Pláceres recuperó la libertad en 1959 y se radicó en Buenos Aires, donde trabajó en el área de expedición del diario Crítica[3].

Según sus palabras, en una finca en Caucete, San Juan, Ágata, en una entrevista relató: “Empecé a trabajar la tierra. Así comencé a arar, sembrar y podar”.

“Perdí un piso”, continuó y luego recalcó: “Estuve presa en Rosario y en Tucumán. Una monjita me consiguió dos cajones y me armé una cama cerca de la ventana para mirar las estrellas. Creían que yo era un monstruo y por eso me tenían aislada en 3 metros cuadrados, con barrotes muy gruesos y sin baño. Allí pasé 9 años. Papá me dejó 13 habitaciones en Brown y Callao (Rosario) y también algunos cuadros valiosos que me robaron.”

Este periodista, en su niñez, por imperio de las casualidades, vivió sobre Callao, a menos de 100 metros de la propiedad a la que hace mención Ágata.

Visto el frente de la vivienda en la que habitaba Ágata, desde la puerta de calle, no daba la idea que en el interior hubiera tal número de habitaciones, aunque –vale aclararlo-, por ese entonces, sobre un pasillo de poco más de un metro de ancho, se acostumbraba a edificar con un sistema –me dicen muy usado en Sicilia-, que se denominaba “casa chorizo”, y a ese pasillo daban todas las habitaciones de más de tres metros de altura, permitiendo ello construir un entrepiso de madera, con techos sostenidos por rieles,  con patios internos angostos.

 

El origen de la historia

El principio de la historia del intento de robo al banco tucumano se remonta a octubre de 1938, cuando Pláceres y Galiffi alquilaron en Belgrano 1085, de la ciudad capital.

El pretexto-fachada era el de abrir un negocio. Días después semudaron a otra vivienda, ubicada en Rivadavia 164, cuya construcción se hallaba en mal estado por el paso de los años. Al ser consultados por amigos, la respuesta invariable fue la de “abrir una pensión”.

Allí se comenzó a hacer refacciones, las que estuvieron a cargo de una cuadrilla de operarios, pero, una vez más, imprevistamente, el 5 de noviembre se fueron de Tucumán.

No fue casualidad la decisión: Pocos días después ingresó a la finca una brigada policial y en el allanamiento descubrió el túnel que tenía como objetivo final, la sede del Banco Provincia de Tucumán.

 

La noticia del robo subterráneo

A partir de ser conocida la noticia de un robo, utilizando un conducto subterráneo, la vida de Ágata no dejó de ser pública.

La obra fue calificada como una “verdadera obra de ingeniería” que tomaba como punto de referencia el reloj de la torre del banco y se accedía a él por medio de una escalera, luego de descender a un pozo de 4,70 metros de profundidad y luego de transitar un conducto de 120 metros que concluía bajo el tesoro de la entidad de crédito.

El acceso final fue imposible, ya que lo impedía la base de la bóveda que poseía una losa de cemento y acero que la convertía en inexpugnable.

Ya detenida, Ágata comenzó a sufrir crisis nerviosas, las que sugestivamente surgían antes que se realizara algún procedimiento de imputación en su contra.

El 27 de mayo de 1939 debió ser identificada formalmente, pero hubo que suspender el acto porque se negó a que le tomaran las huellas digitales y agredió a policías.

Días después, más precisamente el 4 de junio el mismo año, Pláceres y Galiffi fueron trasladados en tren a San Miguel de Tucumán y al descender en la estación ferroviaria les señaló con vehemencia a los periodistas:” Yo soy una dama honesta y esposa de un distinguido profesional. No está lejano el día que lo pruebe y todos se arrepentirán de haberme tratado como una delincuente”.

En otra entrevista de Crítica negó saber sobre el túnel al que nos referimos, así como a la existencia de billetes falsos, que –según la policía-, habían sido encargados por Juan Galiffi a Otto Evert, un famoso falsificador, como regalo de bodas para su casamiento con Lucchini.

Como presuntos cómplices de la falsificación de billetes de cien y de mil pesos moneda nacional, en Tucumán se ordenó la detención de Arturo Pláceres.

Se suponía que Pláceres fue quien entregó los billetes para que circularan y se lo relacionaba con el accionar de Antonio Franchi, traficante de billetes falsos detenido.

Al ser interrogada por la prensa, Ágata respondió en torno a las razones de porque no se presentó detenida cuando era buscada a nivel nacional, que “la justicia rosarina nome merece confianza y porque la detención de mi madre y el suicidio de mi abuelo me arrastraron a esta situación”.

También recordaba el impacto de la expulsión de su padre cuando tenía 16 años y cursaba la secundaria en el Liceo Normal de Rosario.

“El episodio me abrumó”, sentenció “pero con todo -acotó-, “logré afrontar las difíciles circunstancias  y me dispuse a construir de nuevo un hogar destruido”.

Hacía permanentes reconvenciones a la sociedad y a la Justicia y en la Jefatura de Policía llegó a acostarse en un sofá y luego se puso a leer una novela romántica mientras esperaba ser interrogada.

A un periodista del diario “Crítica”, le dijo muy suelta de cuerpo que “no iba a ser pasto de quienes querían hundirla” y le agregó: “No soy una delincuente, ya que no se me probó delito alguno”.

 

Adopción

Vivió en San Juan, donde volvió a formar pareja, y logró conseguir la adopción de su única hija, Karina. Desde ese momento, su figura fue materia de investigaciones y documentales.

Entre las representaciones de su vida, se destaca “El pibe cabeza”, de Alfredo Alcón, donde quedó grabada la famosa frase “Vamo a salir en lo diario”.

Murió el 6 de julio de 1985 a los 76 años, sumergida en un anonimato que le permitió evitar la prensa hasta sus últimos días. Sus grandes casonas siguen siendo referencia para los más estudiosos, que la visitan y escuchan historias de sus episodios.

Entre ellas, se destaca la que tenía en Avenida Arijón y Salvat y la que compartía con su esposo en Mendoza y Garzón.

 

Versiones de una relación amorosa

Una de las tantas versiones propuestas por Crítica, se conoció en el Hipódromo Independencia, de Rosario, donde solían correr los caballos de Movimiento Contínuo, el stud de Chicho Grande.

Ella le dijo que él (Pláceres), era el hombre que buscaba, pero él interpretó mal sus palabras. “Usted es el hombre que busco para que apoye mis planes, nada más”, habría respondido Ágata con frialdad.

Sin escrúpulos de ninguna naturaleza, Ágata le presentó a Rolando Lucchini y otros altos dignatarios de la mafia criolla. Pláceres “estaba profundamente enamorado”, y ese amor del que era responsable la insensible hija de Chicho Grande lo llevó por un camino sin retorno.

“El amor aflojó el corazón del gallego”, proclamó la revista Ahora. La misoginia se volvía desembozada. Ágata había sido “su estrella de perdición”, y Pláceres pagaba con la cárcel su error: “El bandido buen mozo prefería vivir una discreta soltería. Desconfiaba de la mujer. Algo le decía que el peligro no estaba en la velocidad de los automóviles policiales ni en la puntería de las pesquisas sino en el remoto corazón de una muchacha. Había visto a otros sucumbir por la delación o el abandono. Él los recordaba con desprecio, pero con algo de oculto temor. Al final, el amor fue más fuerte que él.

Lo comprobó con amargura, desde su celda de recluido, añorando melancólicamente las horas felices de la riesgosa libertad disfrutada entre ocultamientos y aventuras peligrosas”.

Rolando Lucchini sería detenido unos días más tarde. Ágata Galiffi también era responsable del “desprestigio” y “derrumbe moral” de un hombre que parecía merecer consideraciones en honor al título de abogado.

 

El nexo

La conexión entre los integrantes de la banda intrigó por ese entonces a los investigadores. Agustín Fernández “carece de antecedentes policiales —dijo La Nación—, pero se observa en él una marcada orientación hacia las ideas de extrema izquierda”.

Según ese diario, “él y Álvarez conocieron a Lucchini cuando formaba parte de un comité pro defensa de las libertades públicas, constituido después de la revolución de 1930”. Lucchini estaba ligado al radicalismo yrigoyenista; “en cuanto a Ágata Galiffi, trabaron relación con ella en un baile que se organizó para allegar recursos a aquel comité”.

 

Un ensayo “literario”

A Fernández le gustaba escribir. La policía descubrió que llevaba un diario o “ensayo literario” en el que había registrado observaciones sobre sus cómplices.

“Se trata de una pieza interesante –afirmó La Nación—, bien construida, en la que traza semblanzas de sus flamantes amigos de la mafia”.

La publicación definía a Lucchini  como “el hombre que consigue por amistad lo que no se puede conseguir por dinero”, una alusión a sus contactos políticos; sobre Ágata Galiffi decía que “los pistoleros la temen y la respetan; es una mujer excepcional”.

Uno de los pasajes más significativos del “ensayo literario” de Fernández se refería a una reunión del grupo en Rosario el 9 de abril de 1939 y otra en Buenos Aires el 15 de abril, en las que se habían ultimado detalles para la circulación del dinero falso. Pero la operación quedó frustrada después de un encuentro entre Fernández y Antonio Di Santo, en Tucumán.

 

Álvarez, el anarquista

Detenido en Buenos Aires, donde vivía, Álvarez se reconoció anarquista, afirmó que en el grupo “todos profesaban ideas de extrema izquierda” y aclaró que él actuaba “por idealismo”, como los llamados anarquistas expropiadores, que financiaban sus actividades políticas con el botín de los robos que cometían.

La declaración de Álvarez no se refería específicamente a Pláceres –aunque también se declaraba libertario– y a la hija de Galiffi sino a otros integrantes de la banda: José Maure, José Manuel Paz y Emilio Uriondo, protagonistas de epopeyas en los enfrentamientos del anarquismo con la policía a lo largo de la década de 1930.

Uriondo, según Osvaldo Bayer, era “uno de los anarquistas más consecuentes con su ideología”. Acusado por un atentado contra la embajada norteamericana en Montevideo, había cumplido una condena de prisión en la cárcel de Punta Carretas. En Buenos Aires, el 20 de junio de 1930 participó en el asalto a la estación de la compañía de ómnibus La Central, organizado por Severino Di Giovanni. Cayó detenido dos días después y recibió una condena de cinco años de cárcel que cumplió en Ushuaia.

José Manuel Paz, a su vez, era conocido por su intervención en fugas resonantes: el 10 de enero de 1925, escapó con otros ocho presos del vapor Buenos Aires, que estaba por zarpar de la Dársena Norte rumbo a Tierra del Fuego; en 1930, tras una frustrada evasión en la que resultó herido, fue rescatado de un hospital de La Plata por un grupo que integraba, entre otros, Uriondo; en marzo de 1931, había participado en la construcción del túnel que permitió la evasión de once presos de la cárcel de Punta Carretas, en lo que se conoció como “la fuga de la carbonería”, en alusión al lugar donde excavaron la boca de salida.

Di Santo fue quien mencionó a los anarquistas, quienes no llegarían a ser detenidos. Además, reveló que el grupo había planeado un robo al tesoro del Banco de la Provincia de la Tucumán, para lo cual habían construido un túnel. La construcción salía de una casa situada frente al edificio del banco, la misma que habían alquilado Pláceres y Ágata.

La construcción del túnel de 64 centímetros de ancho; tenía instalación eléctrica y rieles de hierro con ranuras.  Allí “la tierra ha sido bien calzada con tirantes de madera, con el objeto de evitar desprendimientos, y en el interior se observa el recalce del pozo de una casa vecina que permitió continuar los trabajos sin dificultades”, según La Nación.

En forma de ojiva, por el túnel se deslizaban pequeños carros de madera, con los que sacaban la tierra.

Una exploración de los bomberos permitió apreciar mejor la obra. El túnel cobraba una altura de casi un metro, hacía un zigzag para esquivar las cañerías de agua y atravesaba la calle Las Heras, detrás de la cual estaba el edificio del banco.

 

El laberinto

Era un laberinto subterráneo: “Al llegar a la línea céntrica de la calle citada, donde, a una profundidad de 3,70 bajo el nivel de la misma, se hallan las bases de los desagües, el túnel descendió un metro o algo más y llegó a la acera del Banco, para orientarse luego hacia el oeste, probablemente en busca de algún lugar vulnerable”, informó la prensa.

El túnel cubría en total casi 120 metros y terminaba su recorrido bajo la bóveda del tesoro del banco. Los detalles habían sido previstos, pero existía, como ya se apuntó, un obstáculo insalvable: el tesoro estaba protegido por una losa de cemento y acero que no podía ser removida con simples herramientas.

Las declaraciones de los detenidos, el hallazgo del túnel y el dinero falso parecían piezas de un rompecabezas. Los investigadores las conectaron en una trama fantástica: el grupo tenía planeado entrar a la bóveda del banco y cambiar el dinero auténtico por los billetes falsos; la falsificación provenía de Galiffi y había sido su regalo para las bodas de Ágata con Rolando Lucchini. El juez Benjamín Cossio pidió entonces el traslado de los detenidos en Rosario.

 

Títulos disparatados 

En momentos en que se hallaba presa los medios se hicieron una fiesta con títulos tales como “Ágata Galiffi tramaba una invasión desde la cárcel en Tucumán”.

Según la nota se consideraban tres probabilidades: Construir un nuevo túnel, recurrir a amigos de su padre para que la ayudaran a escapar armados cuando tuviera que ir a declarar a la justicia o bien que tomara por asalto la cárcel “provocando la sublevación de la totalidad de los presos”.

La realidad resultó otra cosa: en abril de 1944 la justicia federal la condenó a 7 años de prisión por la causa de circulación de dinero apócrifo. La pena fue unificada al año siguiente por la tentativa de robo a una entidad de crédito y terminó por recibir la friolera de 13 años de condena.

 

 

[1] Diario La Nación.

[2] Diario Crónica

[3] Viki Álvarez

 

————————————–

*Ricardo Marconi es Licenciado en Periodismo y Posgrado en Comunicación Política

Viene de acá: Juan Galiffi “Chicho Grande” – El peluquero mafioso

Continúa aquí:


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