Libres y no vencidos – Por Ricardo Marconi

📜 El Rompecabezas de la muerte en Rosario – Por Ricardo Marconi

Libres y no vencidos

 

Con el correr de los días se le fue otorgando la libertad a los arrestados y al final del camino quedaron sólo siete detenidos en la cárcel de Rosario: Juan Lucero, su hermano, el comisario Díaz[1], Lo Piccolo, Putero, Morales y Lapetina.

Un año y medio de prisión había pasado con sus días y sus noches, sus fríos de congeladora y sus calores infernales, sus tristezas, angustias y alegrías dentro del penal. Cuando finalmente salieron, en la calle había taxis esperándolos.

Los reunió el capellán Arroyo, un ferviente antiperonista que con el tiempo se convirtió en un peronista furioso, según el relato de Lucero, quien agregó a este periodista: “Arroyo me decía que el clero reaccionario había inculcado a sus sacerdotes odio contra Perón”.

Y un ejemplo de ello fueron los Comandos Civiles que aparecieron por primera vez en Córdoba. “Eran católicos y católicas”, porque había hasta monjas formando los grupos. Religiosas que también usaron armas, que escondían en las iglesias y cuando salían en operaciones contra los peronistas se ponían pantalones”, recitaba Lucero mientras con la mirada baja y fija recordaba episodios históricos.

“Los Comandos Civiles fueron cuadros del radicalismo, del socialismo y del comunismo. Asaltaron organizaciones sindicales y colaboraron rompiendo huelgas al conducir colectivos acompañados de personal militar cuando se hacían paros. No se privaron de nada. Hacían de delatores y en Avellaneda destruyeron hasta colchones y sábanas del Policlínico Evita”, acotó con pesar Lucero a este periodista.[2]

Los comandos parapoliciales que actuaron en Rosario alcanzaron aproximadamente a 500, provenientes de Santa Cruz, Río Negro y Chubut. Se los denominaba en la jerga institucional “policías territoriales”. “Trabajaban en conjunto con 200 infantes de marina en la Jefatura, al mando de Fernández Carranza”, me confió en una entrevista telefónica Gualberto Venesia, quien a los pocos días dejó este mundo.

*

Con el tiempo Juan Lucero volvió a su casa de Zelaya 1021 de Rosario, junto a sus hermanos y sus padres y al día siguiente se reinsertó en la Resistencia.

Juan Lucero, Andrés Framini, Envar El Kadri

“Cuando cayó Perón –recordó el entrevistado a este autor- trabajaba y enseñaba folklore en el Club San Martín y sin que los alumnos lo supieran hice una poesía que titulé “Compañeros de trabajo”, la que leí. Al terminar la función los Comandos me detuvieron y me trasladaron a la seccional 12da., donde permanecí incomunicado tres días”.

“Al cuarto día de mi detención, el comisario me autorizó a ir a tomar mate al patio y se hizo responsable de su decisión. Estaba en esa seccional sin que nadie lo supiera y sin acusación alguna. El comisario advirtió que todo era una locura”, comentó Lucero mientras se limpiaba la ropa con la mano, al caérsele en su pierna un pedazo de galletita dulce sobre el pantalón.

Rebuscando entre sus recuerdos, inquirido por las preguntas de este periodista, el “Chancho” relató que el abogado Fernando Torres defendió y colaboró para hacer realidad el asilo y la defensa de algunos juramentados con el levantamiento de Valle, ya que algunos no tenían medios económicos para protegerse legalmente.

Lucero recordó que Torres cayó preso con tres cartas de Cooke en su poder, las que le había dado en Ushuaia, destinadas a Perón, a Alicia Euguren y la restante para el abogado Enrique Pedro Oliva.

Este último tenía en su estudio el 70% de las acciones legales de defensa de seguidores de Perón y entre 1955 y 1962 fue objeto de vigilancia política por parte del Servicio de Inteligencia naval (SIN), que utilizaba a destajo los archivos de la policía de Rosario.

El entrevistado tuvo en el diálogo con el generador del texto, un recuerdo especial para “el doctor Pesenti, que era del Sindicato del Calzado. “Fue uno de los más activos luchadores que tuvo la cúpula de la Resistencia”.

“Otro lo fue Leoncio García, un líder que conocía muy bien donde conseguir los materiales para armar un “caño”, al que se le colocaba pólvora, un detonante y se le adjuntaban tornillos y recortes de hierro. Él organizaba el traslado de los detonantes desde La Calera, Córdoba, donde tenía amigos en el sector de la minería, ligada al área de explosivos.

Increíblemente los caños se armaban en una vivienda ubicada en las inmediaciones de la Asociación Obrera Textil, en la calle Rubén Darío, en el barrio Arroyito, al lado de la seccional 9na., donde los policías se hacían los boludos y miraban para otro lado, ya que no querían tener problemas con la militancia peronista”, según el propio  Héctor Quagliaro, un dirigente nacido en Rosario, en 1933, quien llegó a desempeñarse como Secretario General de ATE Rosario, secretario general de la Secretaría General de la Seccional Rosario de la CGT  y “Ciudadano Distinguido de Rosario”.

Antes que separarnos de Lucero, al concluir la entrevista que realicé para este trabajo de investigación, él hizo referencia a los 10 días que estuvo preso, en 1958 y a su estadía en “El Pozo”, una de las cárceles de la dictadura.

Aprovechó los últimos minutos de nuestro encuentro para reflexionar sobre su propia historia recordándome que fue uno de los primeros en subir al monte de Taco Ralo, en Tucumán, donde junto a una mujer y varios jóvenes intentaron establecer un foco guerrillero rural, mientras otros componentes del grupo de militantes apuntalaban la acción desde la ciudad. Fueron descubiertos y terminaron presos.

Lucero compartió el campamento guerrillero con el “Titi” Aranda, quien según el propio Lucero- luego de soportar varios días escondido entre el monte “comenzó a ponerse loco y a gritar demudado ¡Acá nos van a matar a todos! ¡Vámonos!

    • ¡De acá no me voy, dejé mi trabajo y mi familia, mientras que vos no laburaste nunca! –replicó Lucero.

Al día siguiente el “Titi” que se movía como un zombie, se descompuso y vomitó. El chocolate que se había tomado en cantidades industriales le afectó la vesícula.

 

Lucero, luego del golpe a Onganía

Con el correr del tiempo, tras el golpe de Onganía, en el 66, Lucero conformó el Movimiento de Juventudes Peronistas (MJP), con el que llevó adelante las primeras “expropiaciones” a los bancos, las que según nuestro interlocutor “las utilizó para obtener recursos que serían destinados a la lucha armada”.

Uno de los atracos bancarios no se concretó, en primera instancia, porque “Cacho” El Kadri, otro componente del grupo, llegó tarde y el banco había cerrado. A pesar de ello Cacho se acercó a la puerta de la entidad crediticia, golpeó la puerta y se acercó al custodio que la entreabrió, con el cerrojo puesto. Le puso la pistola en la cabeza y el guardia tuvo que abrirle. Luego ingresó el resto del grupo y robaron el banco.

*

Lo que sí quedó claro en la investigación llevada adelante por quien esto escribe, es que los procedimientos antigolpe no fueron muchos, ya que la repercusión de los episodios no tuvo una magnitud destacable. Influyó para que esto ocurra que Kurtzemann y los Comandos Civiles decidieran “peinar la ciudad”.

Fue el propio Maidágan quien negó a este periodista que “los comandos no intervinieron junto a los policías, gendarmes y marinos, “ya que –dijo- ese tipo de trabajo no era para la policía”. Obviamente no lo tomé como verdadero.

A todo esto, el promotor en Rosario de la revuelta, junto a su segundo en el mando, fueron, gracias a informantes antiperonistas, detectados y obligados a salir de su escondite de la yerbatera “El Charrúa”, ubicado en una de las intersecciones de un pasaje de la zona céntrica – que tiene ahora el nombre del militar. [3]

Para detener a Lugand, militares y civiles rastrillaron la ciudad y no perdonaron viviendas, departamentos, quintas ni personas. Fue en esos momentos críticos en que “mi abuela Mercedes y una militante hablaron con el capataz Nicolini, de la yerbatera “El Charrúa” para que lo escondieran allí”, apuntó al autor Juan Carlos Venesia, hijo de Juan Carlos Venesia.

Hasta el refugio de los prófugos, noche tras noche, dos mujeres les llevaron alimentos. Una de ellas era de apellido Santerbi. La restante no era otra que la madre del ya fallecido diputado nacional, ex vicegobernador de Santa Fe, ex ministro de Educación de la misma provincia   y ex concejal e ingeniero Gualberto Venesia, que también acompañaba a las mujeres, siendo un niño al que el 26 de octubre de 2003 un infarto le produjo la muerte.

*

Pasaron 18 años para que Rosario, mediante sus ediles, le rindieran tributo al general Lugand. Y lo concretaron en la sesión del Concejo Municipal de Rosario del 17 de septiembre de 1974, mediante la ordenanza 2041, generada en el expediente 1483 P-1974, a través del cual se designó “Pasaje General Enrique Lugand al que tiene sentido de circulación este-oeste, entre las calles Moreno y Balcarce y paralelamente a las calles Catamarca y Tucumán”. La sesión fue presidida por el edil Antonio Andrade, mientras que como secretario estampó su firma un histórico del peronismo: Rosendo Romero.

El proyecto de ordenanza perteneció a la concejala Ana Martínez y a los ediles Oscar Martínez y Andrade, quienes lograron el apoyo necesario en la Comisión de Gobierno, Interpretación y Acuerdos, tras la intervención de la Junta Municipal de Nomenclatura.

En las consideraciones de la norma se señaló que “El general Lugand fue uno de los hombres de nuestra ciudad que, en un momento tan difícil para el país, como lo fue el año 1955, supo mantener la serenidad ante la presión y el desborde provocado contra el pueblo. Deseó la armonía y la unión de los argentinos, antes que el enfrentamiento. Fue por ello que, ante una orden de la superioridad para actuar enérgicamente contra la rebelón desatada por los rosarinos, prefirió el desacato y, consecuentemente, quedó trunca su carrera militar”.

*

El control de las fuerzas policiales, aunque nadie aceptó decirlo verbalmente a quien esto escribe, pero sí bajando la cabeza con pesadumbre, posibilitó el traslado de información de inteligencia a la Marina con asiento en Rosario, facilitando esta circunstancia -por cierto, no menor- el control político de la ciudad.

De esta manera, la creciente militarización convirtió a oficiales y suboficiales de la policía en la línea de choque del régimen. Con la llegada de la Marina al poder en Rosario, también asentó sus reales el Servicio de Inteligencia Naval (SIN), con acceso absoluto a los archivos policiales.

 

La fuga de Nora Lagos                    

Nora Lagos

El marino interventor, en su gestión, habría despedido a cientos de policías y allanó la imprenta de los hermanos Duchein, con la intención de capturar a Nora Lagos. Ella logró escapar por los fondos de la empresa y fue cobijada por una compañera. La policía, envenenada por no haberla encontrado clausuró el local y lo precintó.

Kurtzemann, en 1958, sufrió un accidente grave, a la altura del kilómetro 100 de la ruta Nacional 9 mientras caía una lluvia tenue, obstinada y persistente sobre el pavimento. Apenas si pudo reaccionar con un volantazo antes de colisionar e introducirse bajo la parte posterior de un camión que estaba detenido sobre la ruta. Ya internado y tras recibir la atención médica urgente que necesitaba, los médicos confirmaron   que había quedado hemipléjico del lado derecho.

Es que, tras el impacto, el capitán de navío retirado había sido despedido hacia delante y su cráneo golpeó con fuerza contra el parabrisas. Pasó a través del mismo y el impacto le quebró, además, varias costillas. En estado sumamente delicado, fue derivado a un centro de urgencias y luego permaneció internado 45 días en el Hospital Naval.

A los 44 años, tras recuperarse de las secuelas del choque, gracias a su experiencia ingresó a la Marina Mercante, donde se dedicó al control de las averías en barcos y para hacer pericias sobre el costo de las reparaciones.

Por su capacidad técnica, finalizó su actividad laboral como árbitro de la Cámara de Gas Licuado del Sur de la Provincia, donde dirimió discusiones por robos y repintado de garrafas hasta su muerte en la ciudad que lo tuvo como jefe policial.

Sus colaboradores fueron, mientras tenía a su cargo la intervención de la policía rosarina, el teniente de corbeta (RE) Horacio Artundo, quien actuó como interventor de Talleres y Armería; el teniente de navío ® Manuel Carullón, subjefe de Policía; el comandante de Gendarmería Román Suracci, secretario ayudante del jefe e interventor de la delegación de la C.G.T., a los que debe sumarse al doctor José María Maidágan, que se desempeñó como asesor letrado de la Jefatura.

*

Precisamente el doctor Maidágan, en su estudio de abogado recordó en una extensa entrevista, que conoció a Kurtzemann en el Palacio de Jefatura de Rosario el 17 de octubre de 1955, cuando por ese entonces era intervenida la Federación Gremial de Comercio e Industria, un reducto peronista.

Paralelamente, se inició, según Maidágan “la tarea de la Comisión Nacional de Investigaciones, que se dedicó a indagar ilícitos. La Comisión había sido conformada por Gabeta, Leopoldo Uranga, Avelino Hermida y Ramón Maidágan. Posteriormente se dispuso una investigación e intervención en la empresa Acindar, con sede en Villa Constitución, momento en que –casualmente- el director de Asuntos Jurídicos, de apellido Acevedo, se hallaba en París.

*

La investigación, encarada por la CNI –según un calificado informante del autor- estaba relacionada con la importación de un tren de trefilación Morgan, con el que se estaba por generar un presunto negociado.

El tren de trefilación en cuestión habría sido ingresado al país sobrefacturado –su compra y reventa a la acería habría contado con la probable intervención de la Aduana de Villa Constitución- y las ganancias desconocidas no podían ser identificadas plenamente.

El informante, de riguroso traje oscuro, aspiró profundamente y señaló: “la Comisión incautó los libros de la Aduana y el mismísimo general Aramburu, dispuso mediante un llamado telefónico, parar la investigación. Horas más tarde la comisión renunciaba en pleno, tras haberlo hecho el almirante Mc Kleeen, quien habría tenido un importante rol en el caso. Más no puedo decirle”, concluyó la fuente irreprochable que prefirió quedar en el anonimato.

 

La asonada de la que renegó Perón

El objetivo de la columna que nos ocupa implica inmiscuirnos en la asonada nacionalista conducida por el teniente general Juan José Valle, cuyo análisis comunicacional de la misma fue puesta en blanco sobre negro en otra obra de quien esto escribe.[4]

Sí es oportuno acotar algunos elementos históricos que fueron obtenidos tras la publicación del libro mencionado, esto es que el militar Raúl Tanco, quien compartió las responsabilidades máximas de la asonada, ante el fracaso de la misma, se dirigió a Berisso para lograr apoyo, pero fue inútil. Luego, sin otra alternativa debió huir y ocultarse [5], mientras que Valle hacía lo propio en la capital, en la casa de un amigo, el político mendocino Adolfo Gabrielli.

General Raúl Tanco (Infobae)

 

Hacia un final inexorable

Valle caminó toda esa mañana por la ciudad, pausadamente, con los brazos en la espalda y sus dedos entrecruzados, meditabundo y mirando de soslayo hacia todos lados, como buscando al enemigo.

Tras considerar que todo estaba tranquilo cruzó el puente y enfiló hacia el centro de la ciudad. Sólo lo acompañaba su alma mientras rumiaba el descalabro. Por su mente cruzaban latigazos de ideas que le indicaban que camuflaje utilizar.

Las noches de vigilia, los sinsabores y el cansancio desfiguraban su rostro y le daban un aspecto de pálida de serenidad. Salió a ser embestido por una ola incontenible de un pueblo que pretendía sacarse de encima el horror vivido. Sentía que no había dirigido bien a los suyos. Le sobraba ímpetu, pero según su propio criterio, lo había utilizado imprudentemente.

Admitía su falta de conocimiento minucioso de los hombres. ¿Cuántos le habían prometido su apoyo irrestricto y desinteresado?, ¿Cuántos le habían fallado?

Tenía claro que el general Pedro Eugenio Aramburu lo había dejado avanzar para que prosiguiera hasta el final. Así lograba marcar a sus enemigos y escarmentarlos. Había sido infiltrado y no quiso darse cuenta.

Obnubilado, Valle se dirigió hacia Barrio Norte, iba a la boca del lobo, al foco de mayor peligro. Soñaba despierto en reunir a sus fuerzas, para él casi intactas. Apenas si habían entrado en acción, pero…eso sí… debía expurgarlas de espías para lanzarlas nuevamente a la lucha. No tenía idea de las matanzas que en esos mismos instantes se llevaban a cabo.

Aviones Gloster Meteor bombardeaban sin compasión ni descanso el Regimiento 7 de Infantería de La Plata. Diluviaban disparos sobre la estación de radio de Santa Rosa de La Pampa y familias completas que habitaban las manzanas circundantes soportaban el fuego, apretados unos contra otros bajo las camas, protegidos sólo por míseros y rasgados colchones y por la Virgen. Había ajusticiamientos impiadosos por doquier.

El teniente general de la Nación sentía su corazón acelerado, pronto a explotar en infinitos pedazos, atenazado por una angustia de inconmensurables proporciones que le restaba claridad a sus ideas.

Las horas transcurrían inexorables, avasallantes, sobrecogedoras y lo hacían pensar, una y mil veces, en la necesidad de apelar a su propia muerte porque, de lo contrario, se decía mentalmente, “jamás podría mirar con honor a la cara de las madres y esposas de los asesinados”.

Ya estaba cerca de la casa de su amigo y, cabizbajo, tratando de manipular el torbellino de ideas que lo acosaba, miró en rededor, temeroso. Tocó el timbre y esperó mientras soportaba el frío invernal restregándose las manos resecas y ajadas por la baja temperatura.

Finalmente, la puerta se abrió y con alegría fue bien recibido. Le comentó a su interlocutor que no venía a esconderse, sino que su objetivo era prepararse para recibir con serenidad a la muerte, a la que imaginaba como una mujer oscura, de ojos penetrantes y siempre dispuesta a solazarse con la angustia de sus víctimas.

Pasados unos minutos se serenó y lo hizo en tal medida que, allanado imprevistamente el departamento por militares, después de su llegada, los soldados no imaginaron que tenían a la mano, vestido de civil, al más perseguido jefe de la revolución.

Luego de que se marcharan los esbirros, tomó un café cargado y decidió abandonar lo más rápidamente la vivienda y, ya de nuevo en la calle, en soledad, optó por entregarse como lo que era: un hombre de honor.

Repuesto moralmente, terminó por pasar Valle en su refugio la tarde del domingo y todo el lunes, tras lo cual llevó el pésame a la esposa de un coronel, su entrañable amigo, fusilado en la madrugada de ese día.

Ahora sí, ya estaba en paz con su alma y dispuesto a rendirse a sus enemigos en la madrugada que se le venía encima.

*

Otro de sus amigos concibió la idea de salvarle la vida, presentándose al jefe de la Casa Militar, capitán de navío Francisco Manrique. Valle, resignado, en su fuero íntimo, sabía que todo era inútil. Manrique, tras conocer la propuesta, concurrió de inmediato al domicilio de Isaac Rojas junto al amigo de Valle y entre los dos le hicieron conocer la decisión tomada.

Concluida la entrevista, desde el mismísimo domicilio del contralmirante, el amigo de Valle le hizo conocer la respuesta de Rojas: “Bajo mi responsabilidad, que se rinda. Su vida no corre peligro”.

Todavía clandestino, Valle mantuvo un diálogo directo con Manrique, quien una vez más le garantizó la vida si se presentaba detenido. Mientras le hacía promesas a Valle, Manrique recordaba las palabras que había utilizado con su superior para recomendar el fusilamiento del mismo “para cerrar el capítulo del levantamiento”.

Valle sabía de promesas vanas y a pesar de ello se rindió, a las 4 de la madrugada de ese mismo día. Trasladado con rigurosa custodia al Regimiento 1º de Palermo, fue juzgado de manera sumaria y luego, -como premonitoriamente a Valle se lo anunció su corazón-, fue condenado a muerte.

*

Conocida la decisión, su esposa e hija –de sólo 17 años- intentaron en vano hablar con Aramburu para que conmutara la pena. Su ayudante contestaba, a cada llamado invariablemente: “El general está durmiendo”. Obviamente, las palabras de Aramburu y de Manrique no valían un carajo.

“Papá es uno de los pocos militares no nazis”, imploraba la hija de Valle a los ejecutores y llorando les gritaba a la cara: “Mi padre estudió en La Sorbona. Vio de cerca el fascismo en Italia. Ustedes no deben matarlo”.

Los corrillos militares fueron unánimes: El primero en firmar la sentencia fue Rojas.

Minutos después del mediodía, cuando el sol alcanzaba su cenit, Valle fue trasladado a la cárcel de Las Heras, donde una vez más –acordaron sus compañeros de armas-, hizo gala de entereza cristiana. Fue en esos momentos en que escribió cinco cartas, una de las cuales tenía como destinatario a “La Bestia” Aramburu.

*

A las 21.15 del 12 de junio de 1956, Susana Valle, hija del general ingresó al patio gris de la prisión, casi sólo iluminado por las estrellas. No pasaron muchos minutos para que trajeran a su padre, rodeado de marinos que le apuntaban inútilmente con sus ametralladoras. La orden era concluyente: la entrevista –según le dijeron- no debía durar más de veinte minutos.

Fallecida a los 70 años, en septiembre de 2006, Susana Valle fue la última en ver a su padre con vida, antes de que se lo llevaran al paredón para fusilarlo. Había nacido de Dora Cristina Prieto, en Avellaneda, en 1936 y la familia Prieto no era precisamente pobre.

Por el contrario, tenía un excelente nivel económico y estaba emparentada con el poder económico-político de la Capital. Creció a la sombra de la década infame “llamando tío a un caudillo conservador como Barceló”, quien tenía a su cargo los trabajos empapados de violencia que le encomendaba el presiente Agustín P. Justo“.

Antes de morir Valle habló largamente con su hija. Él sentado en una silla y ella sobre sus rodillas. En el cuarto de al lado, un militar tenía preparados dos chalecos de fuerza por si debía actuar ante un choque emocional.

 

La conversión de Susana

Concluido el encuentro, Valle se sacó un anillo y se lo entregó a su hija, junto a unas cartas. La besó tiernamente en la mejilla durante infinitos segundos. Luego admitió recibir los santos sacramentos, para finalmente despedirse de la pequeña Susana. Seguramente ella aprendió esas cartas de memoria de tanto volver a leerlas y lo que también es factible, es su conversión, con la última bala introduciéndose en el cuerpo de su padre, a la causa peronista, en tal medida que cayó presa por ella.

De izq a der: Susana Valle, hija del general Valle, camina junto al general Tanco (Infobae)

Susanita -como la llamaba tiernamente su padre mientras le mecía sus cabellos cada vez que la notaba intranquila-, llegó a formar parte de los comandos de la Resistencia Peronista, actuando como correo de Perón cuando el exiliado líder, a través de ella, enviaba instrucciones y más adelante en el tiempo, en la década del 60, la joven tuvo injerencia directa en la formación de la guerrilla, tanto de las Fuerzas Armadas Peronistas como de Montoneros, desde un rol exclusivamente político.

Oculta en 1976 de la dictadura hasta 1978, en Córdoba, rompió su voluntario ostracismo. El general Menéndez la detuvo y controló en una prisión. Sufrió la picana eléctrica estando embarazada, provocándole esta circunstancia un parto prematuro de mellizos, uno de los cuales nació muerto y fue colocado por el torturador sobre su pecho.

Al niño restante, vivo, se lo puso fuera de su alcance, pero a su vista. Susanita pagó una vez más ser la hija del general Valle, viéndolo morir entre llantos, desesperada, sin poder hacer nada por él.

“Hoy los mellizos descansan en una bóveda del cementerio de Olivos, junto a su abuelo general de la Nación”.[6]

 

Hacia el paredón 

Valle, antes de morir, Incluso hasta consoló a monseñor Devoto, obispo de Goya, quien no había podido soportar la situación y había comenzado a lagrimear mientras tomaba entre sus manos las del militar, a las que según su propio testimonio “no sintió ni frías ni calientes”

Los guardias, no menos angustiados e impotentes, se vieron obligados a tomar de sus brazos a Valle para trasladarlo al paredón donde los presos, habitualmente jugaban pelota a paleta con una mugrosa pelota.

Allí, de cara a sus asesinos, el general los perdonó y le acotó con firmeza que rogaba a Dios para que su sangre sirviera para unir a los argentinos. Estaba por concluir, en pocos días más un lapso de historia, tan breve como un segundo, pero de una intensidad casi infinita.

A las 23 fusilaron a Valle y a la tarde siguiente, Alberto Abaddie, el militante peronista detenido cuando huía con el coronel Cogorno, cayó abatido frente a otro pelotón de fusilamiento, en el campo de adiestramiento de la Sección Perros de la Policía de la Provincia de Buenos Aires.

No hubo orden escrita del fusilamiento de Valle, ni registro de los responsables. El ingreso del general asesinado a la penitenciaría y su fusilamiento el 12 de junio de 1956 aparece intercalado en registros del año siguiente para legalizar la muerte del militar nacionalista.

Valle figuraría en los libros del penal como el preso político 4498, asentado bajo el registro de Amílcar Darío Viola, ingresado el 26/4/57. Para ese entonces –vale recalcarlo- el general había sido fusilado 10 meses atrás.

La prensa de Rosario, respecto de la ejecución de Valle sólo informó escuetamente el 13 de junio del 56: “Fue ejecutado el ex general Juan José Valle, cabecilla del movimiento terrorista capturado”.

Resultó incomprensible el ocultamiento de la detención del jefe de un movimiento revolucionario que los medios de comunicación habían pregonado y fogoneado. La respuesta, oculta en ese tiempo, es simple: La muerte de Valle no revistió todas las características de un fusilamiento, sino de un asesinato sin atenuantes, ya que, desde el día anterior, -12 de junio-, el gobierno había comunicado el cese de las ejecuciones.

 

“El poder de desgracia”

Sin embargo, “La Bestia” Aramburu había decidido aplicar “el poder de desgracia” y un número importante de oficiales, suboficiales y soldados, a los que los tribunales militares sólo habían aplicado penas de cárcel, fueron pasados por las armas sin más trámites. El capitán Eloy Luis Caro, -a modo de ejemplo-juzgado y condenado el 10 de junio a dos años de cárcel, fue ejecutado a las 4 de la madrugada del día 11.

En la noche del 9 al 10 ya había sido asesinado por sus camaradas en un frontón de fusilamiento, un conscripto detenido en una comisaría de Lanús por hallarse prófugo desde hacía días. El pobre soldado ni tenía idea de lo que había estado ocurriendo. La muerte lo embistió porque sí.

Enloquecido de espanto, de frente a los fusiles que lo apuntaban, gritaba que era desertor y pedía no ser ejecutado.

¿Desertor vos? Vos sos un peronacho inmundo, le respondió un oficial de la Marina, encargado de las ejecuciones y lo empujó hacia el muro de las matanzas.

 

 

[1] Díaz fue expulsado de la Policía, permaneció el primer año detenido en “La Redonda”. Se transformó en referente de los detenidos y recién en 1958 quedó en libertad, recalando en la casa de una hermana, tras lo cual hizo lo propio en la de una cuñada.

[2] Marconi Ricardo. Conspiración Comunicacional de gobiernos de facto. El miedo como construcción mediática. UNR. Colección Académica. Pág. 127. Ver pág. 126, notas para ampliar sobre Comandos Civiles y su origen histórico.

[3] El proceso de detención tan particular concretado con estos dos militares se relata minuciosamente en la obra “Conspiración comunicacional en gobiernos de facto” del autor a partir de la página 87.
1.- Marconi Ricardo, Conspiración comunicacional de gobiernos de facto. El miedo como construcción mediática. Colección académica. UNR Editora. Diciembre de   2007.

[5] En una columna anterior brindamos detalles de la decisión de Tanco.

[6] Íbidem.

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*Ricardo Marconi es Licenciado en Periodismo y Posgrado en Comunicación Política

Foto: Juventud Peronista. Autor: Guillermo Carrasco

Viene de acá: Una bomba para el almirante y la mano izquierda amputada

Continúa aquí: “Yo justifiqué el fusilamiento de Valle”


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